La ilusión del poder central: la “pax libertaria” y el repliegue territorial de Javier Milei

La fragilidad del liderazgo presidencial y la crisis de las estructuras nacionales están dando paso a un pragmático pacto de prescindencia con los poderes provinciales. Un diseño tan viejo como la política argentina.

El desconcierto de las facciones opositoras y las intensas discusiones que se dan en el seno del oficialismo coinciden en una misma causa originaria: la ausencia de una organización política consistente y de alcance nacional.

La figura de Javier Milei opera como el gran centro de gravedad de la política argentina contemporánea. Funciona como referencia insoslayable, sea para adherir a su propuesta o para oponérsele radicalmente. Sin embargo, el Presidente no consigue todavía traducir esta gravitación personal en un aparato electoral promisorio. La razón de fondo es clara: se trata de un líder estructuralmente frágil, obligado a negociar de forma permanente con las numerosas tribus políticas que se dispersaron tras el colapso del esquema metropolitano que ordenó el poder nacional desde la Presidencia de Néstor Kirchner.

La dirigencia del conurbano bonaerense y de la Ciudad de Buenos Aires perdió en 2023 las riendas que le permitieron controlar al interior del país durante más de dos décadas. Este retroceso es particularmente notorio en el caso del kirchnerismo, pero se extiende con igual contundencia a la figura de Mauricio Macri y a Pro.

El pacto de la no intromisión

Lo curioso de este escenario es que el propio Milei no parece demasiado interesado en recuperar esas riendas. Avanzar en tal sentido implicaría entrar en conflicto directo con los gobernadores y caudillos distritales que le suministran las condiciones de gobernabilidad indispensables para llevar adelante su gestión, siempre y cuando el Poder Ejecutivo no se entrometa en sus territorios.

La colaboración parlamentaria, cualquiera sea el formato que adopte, exige la prescindencia de Milei en las disputas provinciales.

En esto consiste la denominada “pax libertaria”: un pacto de no agresión mutua que no requiere coincidencias en la oferta electoral ni adhesiones ideológicas. No hace falta desacreditar las convicciones ni los discursos del oficialismo para advertir que este diseño es más viejo que el hilo negro, aunque la implosión del área metropolitana como centro de gravedad le haya otorgado hoy una extensión e intensidad inéditas.

Lecciones de la historia: la receta catamarqueña y la transversalidad

Catamarca, por ejemplo, transitó este camino durante dos décadas. El Frente Cívico y Social (FCS) se alió tácitamente primero con Carlos Menem y luego con los Kirchner. En ese marco, los radicales empezaron a mediados de la década de 1990 a aplicar la táctica más idónea para que la sintonía con el poder central no incomodara en las urnas locales: el desdoblamiento de las elecciones provinciales. Elecciones en casa en marzo; nacionales de acuerdo a cómo viniera la mano y con la libertad de jugar a varias puntas.

Este pragmático esquema llegó a su paroxismo en 2003. Para las elecciones presidenciales de mayo —previa suspensión de las provinciales programadas para marzo por el recordado incendio de urnas—, el FCS catamarqueño tenía dirigentes acomodados con prácticamente todos los candidatos de la oferta nacional: Menem, Kirchner, Rodríguez Saá, Ricardo López Murphy, Leopoldo Moreau y Elisa Carrió. Ganó Menem en la provincia, pero tras su renuncia al balotaje asumió Néstor Kirchner, iniciándose un romance político entre el radicalismo catamarqueño y el kirchnerismo que se extendió hasta el conflicto con el campo en 2008 (e incluyó a Lucía Corpacci como vicegobernadora del radical Eduardo Brizuela del Moral en 2007). El santiagueño Gerardo Zamora se erige hoy como el único sobreviviente de aquella exitosa “pax kirchnerista”, entonces bautizada como transversalidad.

El desafío electoral en un mapa fragmentado

Cada tiempo político tiene sus singularidades y ninguna simetría es perfecta. Sin embargo, resulta evidente que las dificultades para sostener la competitividad en procesos de estructuras nacionales en crisis son mucho mayores para las oposiciones que para los oficialismos provinciales, los cuales cuentan con la facultad institucional de desacoplar sus litigios locales de los nacionales.

En el contexto actual, un elemento clave a considerar es la existencia de un desacople de hecho, incluso si las elecciones provinciales y nacionales llegaran a celebrarse de forma simultánea:

  • Los candidatos nacionales y provinciales se votan en boletas y cuartos oscuros separados.
  • Los tramos nacionales utilizan la Boleta Única de Papel.
  • Los tramos provinciales mantienen el sistema tradicional.

Esta separación técnica implica que los candidatos provinciales de Milei no irán pegados a la boleta nacional y carecerán del efecto de arrastre o tracción del que gozaron en 2023, cuando dieron el batacazo electoral. Este detalle les resta un atractivo sustancial como aliados ante los ojos de los políticos profesionales.

A este factor se suma la posibilidad concreta de que diversos gobiernos provinciales confirmen el desdoblamiento de sus comicios. Se trata de un camino táctico que varios gobernadores ya han empezado a trazar con un objetivo claro: preservar el control de sus distritos y evitar comprometerse en aventuras nacionales de inciertas derivaciones.

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