Sin fundamentos, ni financieros ni políticos

EDITORIAL
En un contexto de muy alta inflación, la propuesta de dolarizar la economía, lanzada ya en modo de campaña por el libertario Javier Milei, ha generado un incipiente debate que irá creciendo a medida que las elecciones se acerquen.

La dolarización de la economía ocasionaría tal vez un freno brusco a la inflación, pero los perjuicios que ocasionarían serían mayúsculos, según la opinión de la inmensa mayoría de los economistas y las evidencias de aquellas experiencias prácticas que se han dado.

La dolarización implica el reemplazo total del peso. Ponerla en práctica requeriría la utilización de las reservas en esa moneda del Banco Central. Pero aún así sería insuficiente para completar el proceso de conversión de la moneda. ¿De dónde saldrían las divisas para dolarizar la economía? Nadie que proponga la medida lo explica. A lo sumo podrá argumentar que la estabilización de la economía atraería capitales extranjeros. Con la experiencia de la fallida lluvia de inversiones del gobierno de Cambiemos, las perspectivas son muy poco optimistas.

Por otro lado, un esperable movimiento especulativo ante la inminencia de la medida podría multiplicar varias veces la cotización del dólar antes de la dolarización, con lo cual se produciría, antes de la presunta estabilidad, un shock inflacionario brutal que pulverizaría el poder adquisitivo de los salarios, multiplicaría también la pobreza –en la que caerían probablemente todos los asalariados, aun los que se encuentran en la parte de arriba de la pirámide-, lo que conduciría, más temprano que tarde, a un estallido social. También la escasez de divisas produciría un salto en la cotización. La consultora 1816 elaboró un documento que señala que “el tipo de cambio de conversión para rescatar el pasivo del Banco Central es de 9944 pesos si se usan las reservas netas”. Es decir que, si no ingresan dólares del exterior a través de una “lluvia de inversiones” o de préstamos, el tipo de cambio se aproximaría a los 10.000 pesos.

La dolarización, entonces, podría resultar una enorme confiscación de ahorros, porque no habría dólares físicos para canjear por pesos.

Además, al perder el Banco Central la soberanía de la política monetaria, el país resignaría herramientas para fomentar el desarrollo de la economía, del mercado interno y de la producción nacional.

La experiencia de algunos países que han dolarizado sus economías no son muy virtuosas. En El Salvador el sistema “aumentó el endeudamiento de los hogares (por la baja salarial) y empeoró la balanza comercial (por encarecimiento de exportaciones y abaratamiento de importaciones). El Salvador creció menos en lo que va del siglo que sus vecinos de América Central) y no revirtió su desigualdad distributiva”, dice un documento de la Cátedra Abierta Plan Fénix, Facultad de Ciencias Económicas, UBA.

Respecto de Ecuador, sostiene que “creció menos que países como Argentina en el período 2002–2015 y, aun bajo la administración heterodoxa de Rafael Correa, no pudo abandonar la dolarización, demostrando que el camino es prácticamente de no retorno”.

Evaluando la gran cantidad de argumentos esgrimidos, cabe concluir que la posibilidad de que una dolarización de la economía prospere en la Argentina no tiene fundamentos ni financieros ni mucho menos políticos.

Fuente: El Ancasti

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