Enrique Traverso
“Primero el taco y después la punta”, “primero el taco y después la punta”, decía imperativo sin gritar el instructor de clarinete de la banda de música escolar. Tenía una nube en el ojo derecho que se alargaba en una mancha con la forma de una hoja de parra tenue sobre ese costado de la cara que de a ratos confundía: le daba un aire de hombre bueno. La otra faz de la cara era severa. Nosotros, los de la banda, íbamos adelante del pelotón de niños uniformados. Yo debía mantener un do largo todo el tiempo, porque apenas sabía sacar un sonido de aquel instrumento negro con boquilla de caña.
El cura director tenía el pelo renegrido; usaba sandalias que siempre lucían como nuevas y una sotana con una cuerda más larga de lo normal que la sostenía. Había adoptado una costumbre bastante patética, plagio redondo tal vez tomado de las escuelas españolas de los años 20, cuando Primo de Rivera, que abogaba por el monolingüismo de un español puro y la férrea unión de la educación a la religión (con ascetismo sexual), pedía para los niños un modelo militar prusiano. El cura gustaba de tocar largamente el timbre que había reemplazado a la campana y todos los niños debían quedarse en sus lugares petrificados, mientras él pasaba mirándolo todo como si el patio escolar fuera el patio de armas de un liceo militar. Si veía algo que no le cuadraba o la propia tentación a la risa de la changada por tan ridícula situación, ordenaba a los reos pasar a la dirección. Allí se impartían retos, mordidos insultos, bajo una imagen de Esquiú con los ojos cerrados en una foto enorme y altiva. No pocas veces desenroscaba el cordel que ajustaba su sotana para darles a los más osados en cualquier parte de su humanidad.
