Música, versos y militancia

JULIO MISAEL HERRERA
El artista multifacético cumplió 80 años el pasado 4 de marzo. Sobre sus espaldas lleva cargadas historias en las que su violín y su pluma fueron estandartes para una carrera notable.

El centro capitalino tiene esa particularidad de que, según el momento del día, los bocinazos y el ruido de motores son reemplazados por el canto de los pájaros y el vibrar del viento con las ramas de los árboles. Como esta última descripción era la tarde que entrevistamos a Julio Misael Herrera.

Violinista, poeta, militante político. Cualquiera de las tres facetas lo atraviesa y no hay una que prefiera por encima de la otra. Julio abrió las puertas del lugar donde vive, la casa paterna, a Revista Express para recorrer su vida en una extensa y cálida charla.

Nació el 4 de marzo de 1945 en “el viejo hospital de los muñecos”, dijo entre risas, emulando la canción infantil. Sus padres vivían en Recreo para ese entonces, pero durante las vacaciones se repartían el tiempo entre la Capital, en donde tenía familia su mamá, Laura Galarza, y en San Pedro (Capayán), de donde era oriundo su papá, Misael Herrera. Es el segundo de cinco hermanos.

“Para la fecha de mi nacimiento estábamos en Capital, así que a mi mamá la atendieron en el Hospital San Juan Bautista, cuando estaba en República y Alem”.

Gran parte de su infancia la vivió en los pagos recreínos en donde el principal atractivo era el paso del ferrocarril. “Era el centro de la vida de Recreo”. “A los 4 años ya iba al jardín, pero para que no ande en la calle”, recordó riéndose.

“Tengo muy buena memoria remota”, explicó Julio y a lo largo de su relato eso quedó demostrado por la precisión admirable de nombres, fechas y lugares. En esa infancia, aparecieron casi simultáneamente los libros y la música, más precisamente el violín. “Mi padre iba a la biblioteca y volvía semanalmente con dos libros. En mi casa siempre hubo libros. Comencé a leer a los 5 años, así que a esa edad ingresé a la Primaria”, señaló.

Casi en forma paralela, apareció el violín en sus días. Fue a través de Lolita de la Vega, quien le dijo a su madre que lo enviara a tomar clases. De la Vega había estudiado en el Conservatorio de Música Maestro Zambonini. Con el tiempo, el pequeño Julio pudo tener su primer violín. “Era uno violín en serie, un Stradivarius. Claro que no era original ja, ja”.

Con 5 años, viajó en tren a San Fernando del Valle de Catamarca con su profesora a rendir el examen en el Zambonini. “Yo practicaba todos los días, una hora, dos horas. Ella me decía, “no sirve tocar un día, dejarlo dos y así… Tengo un gran recuerdo de ella porque me enseñó hasta los diez años”, manifestó.

Debido a que solamente tenía hasta sexto grado la escuela primaria en Recreo se mudó a la Capital para seguir sus estudios. Fue en la Escuela Normal Fray Mamerto Esquiú. Julio se instaló solo, lejos de su familia. “Estaba en una pensión, frente a la escuela. Era de las hermanas Lindón. Seguí con las clases de violín con una profesora que me consiguió mi tía. Se llamaba Albina Andrada de Andreux y era más mala que el dolor de muelas. Con la batuta me pegaba en la mano, así que fui un tiempo y no volví más”.

A su tiempo lo repartió entre la escuela, el violín y otra de sus pasiones: el fútbol. Jugaba con amigos en las plazas y también tuvo un paso en la Asociación Juventud Unida de Santa Rosa. El Julio futbolero contó que hoy sigue despuntando el vicio junto a unos amigos en el Polideportivo de las 250 Viviendas.

El próximo profesor de violín que tuvo fue Federico Barrionuevo. “Fue un profe al que yo le aprendí mucho”, recordó. “Yo tenía 15, 16 años y teníamos una orquesta de veinte músicos que tocábamos bastante bien. Estaban el doctor Flores, el doctor Robert, el “Negro” Díaz, las chicas Acuña, un muchacho Castillo, dos curas del Seminario, entre otros. Tocábamos música de cámara y con el maestro Claudio Sorini, formamos una orquesta fantástica”.

Ariel, el de las manos enormes
Finalizada la escuela secundaria se mudó a Tucumán para estudiar Abogacía, pero otra vez la música metió la cola. “Me invitan a un festejo de residentes catamarqueños y ahí conozco a Fernando Portal de los Quilla Huasi y al bombista Raúl Espíndola, quienes estaban en el tapete de la música en ese momento. Toqué con ellos”, contó.

El idilio con la música folklórica también viene de su niñez en Recreo. “Había una propaladora que pasaba por las calles del pueblo y ahí ponían música folklórica. Había una canción que me emocionaba y después supe que era “Tacita de Plata”. Así comencé a aprender canciones de folklore”.

El destino quiso que “El cinta de Plata” –el legendario tren que unía Buenos Aires con Jujuy– se quedara en Recreo por varios días.

“Yo tenía 8 años y se corre la noticia que, en el hotel, que estaba frente a la estación, estaba Ariel Ramírez”, el notable pianista creador de la Misa Criolla, Alfonsina y el Mar, entre otros.

“Rosita Chebel, una maestra de piano, se puso en la tarea de conseguir un piano y luego de consultarle a Ariel Ramírez se organizó un concierto en la escuela. Por las calles salió el auto anunciando con parlantes que iba a tocar y se llenó la sala”, recordó. Lo inesperado fue que Julio fue elegido para acompañar con su pequeño violín al gran maestro.

“Les llegaba a las rodillas a Ariel Ramírez. La mano era del tamaño del violín ja, ja, ja. Y me dijo tocá el violín Julito…” Esa noche lo acompañó en “La Tristecita”. Ese momento inolvidable quedó resguardado en sus retinas y su corazón, y se lamentó no haber podido conseguir una foto de instante.

“Tuve suerte, me pasaron cosas como esas” recordó y agregó que también compartió escenario con “Peteco” Carabajal, en la Fiesta del Poncho en 1994 y con “La Chacarerata Santiagueña” en una peña en Buenos Aires. Durante su estadía tucumana también conoció “El Alto de la Lechuza”, considerada la peña más antigua del país, en donde se codeó con grandes músicos.

Las fotos de esos hitos adornan las paredes de su casa. Entre retratos familiares, conciertos y reconocimientos, las imágenes están por todos lados. Al igual que los libros.

Luego vivió un tiempo en Córdoba en donde hizo su último intento con Abogacía, pero claudicó. “Rendí un par de materias, pero no era lo mío. Me puse a trabajar como maestro de escuela y también formé un grupo con mi sobrino el “Negro” Jiménez y con el abogado Luis Segura”.

En La Docta tuvo su primer encuentro con la militancia política. Era la década de los 70, una etapa convulsionada en el país, con una dictadura militar a la vuelta de la esquina.

Comenzó a militar en la izquierda y le decían que era un “revolucionario sin partido”. “Es que siempre tuve sentimientos solidarios. Así fue que comencé a leer, a interiorizarme y a militar de a poco, como militante raso en el Partido Obrero Trotskista, con la fracción del Posadismo. Estábamos con la no violencia, no a la lucha armada. Trabajábamos mucho con los sindicatos”, manifestó.

Con el regreso de la democracia se enfiló en el Partido Intransigente (PI) en donde tuvo una activa participación. La militancia sigue hasta estos días. A Julio se lo ve en las marchas de cada miércoles de los Jubilados Autoconvocados y en otras convocatorias realizadas por organizaciones sociales.

Su voz
En forma paralela a su pasión por el violín fue su romance con los libros. La lectura de los clásicos de la literatura norteamericana lo sumergió en un mundo increíble que lo empujó a trazar sus primeros escritos.

“Tuve la suerte de leer mucho. Con mi viejo nos íbamos a la biblioteca. Me leí la mayoría de los libros infantiles: La cabaña del tío Tom, Hombrecitos, Las divertidas aventuras de un mentiroso barón, La isla del tesoro”, nombró. “Me gustaba leer y pienso que la lectura es fundamental, y pienso que uno de los déficits que tenemos en los chicos de ahora es que les cuesta leer. Pienso que no hay estímulo para la lectura y por cómo son las comunicaciones con los celulares y las redes sociales”.

Cuentos, poesías, forman parte de su repertorio.

“Primero comencé con la poesía por algún enamoramiento de la juventud”, rememoró. Tiene publicado cinco libros: “Azules y soledades” –que tiene prólogo de Víctor Heredia-, “Cantata a Felipe Varela”, “Desandares”, “Cuentos sinvergüenzas” y “La vida en sonetos”. El 29 de mayo estará presentando su nueva obra en el Salón Calchaquí.

Sus primeras influencias fueron Lope de Vega, Espronceda, Sor Juana Inés de la Cruz. Mencionó que de las plumas locales prefiere la del escritor belicho Luis Leopoldo Franco –“tiene un pensamiento profundo y un lenguaje fantástico”– y habló de la necesidad de que se estudie más a los autores catamarqueños.

En el tramo final de la charla le dedicó un capítulo a Felipe Varela, a quien lo homenajeó con el libro “Canto a Felipe Varela”, cuya obra poética – musical fue presentada en el Cine Teatro Catamarca en junio del 2013.

“Lo que yo aspiro es poder difundir mi obra sobre Felipe Varela, que no es una obra histórica, sino un homenaje desde la lírica”, señaló.

Julio es padre de seis hijos: Andrea, Alejandro, Laura (quien falleció en un accidente de tránsito), Natalia, Evangelina y Guadalupe. Todos ellos fuertemente vinculados al arte.

“Yo soy un enamorado de la vida, con la fortuna que de chico me vincularan con la música y la literatura. También agradezco por la maravilla persona que son mis hijos, a quienes les estimulé el amor por la música y que cada uno siga con sus vocaciones y que sean felices”, finalizó.

Texto: Pablo Vera

Fotos: Ariel Pacheco

POEMAS
De donde soy

Yo soy de donde el cielo es más azul/ donde arde el llano agreste bajo el sol/ de donde la montaña es pura luz/ y un viejo arroyo canta a media voz.

Yo vengo de ese suelo del dolor/ donde un altivo pueblo fue señor/ de un gran imperio de oro, verde y sol,/ un mundo de belleza y esplendor.

Yo soy del sitio aquel donde canta el zorzal,/ donde habita una piel de azúcar y de sal/ y

endulza el viento melodías/ sembrando silbos noche y día./ Donde un rincón habrá de zambas y amistad/ para vencer la soledad.

Yo soy de aquella tierra del dulzor/ de la algarroba, el higo y el chañar/ de la tuna, el mistol, el piquillín/ de las uvas morenas y el lagar.

Yo soy de aquel lugar donde el cardón/ de blanquísima flor y ruda piel/ bajo su espina guarda un corazón/ tan tierno como el pan de trigo y miel.

Yo soy de aquel lugar azul de mi país/ donde la antigua voz florece en el maíz/ y endulza el corazón del vino/ mientras soñamos un destino/ de pan, de paz, de amor, de un mañana mejor/ de Catamarca soy, señor.


Tu voz (II)

A Luis Franco

Tu verba colosal fue el arma noble

con que libraste todas tus batallas

con fuerza de quebracho, tacu o roble,

con estruendo de pólvora o metralla.

Tus ancestros guerreros y tu estirpe

de vigoroso puma calchaquino

signaron la existencia que elegiste

y de luchas forjaron tu camino.

De honrar la libertad, la Vida plena,

libre de yugos, dios de tu universo

de armonía y de luz, de surco y calma.

De amar sin protocolos ni cadenas,

de sembrar de semillas y de versos

a la mujer amada, en cuerpo y alma.

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