ESCRITORES CATAMARQUEÑOS POR AUTORES CATAMARQUEÑOS
Ariel Arturo Herrera
A los hijos y nietos de Paquita
En el año 2002, en ocasión del descubrimiento de una placa cerámica en homenaje a Francisca Irene Granero de García (1920-2002), un acto en la puerta de su casa de la calle 25 de Mayo, me referí con brevedad a su legado como escritora. Rescato aquel manuscrito personal, con leves actualizaciones, para esta serie que la SADE impulsó en memoria de las figuras relevantes de la literatura en Catamarca.
El arte es una prolongación del alma. Hay en la literatura huellas de una época que refleja a su autor, incluso en lo que no se parecen. En el caso de Paquita, se descubre su voz en cada uno de sus libros; con cierta transparencia, aparecen sus propias ideas, denuncias, sentimientos y pensamientos. Quienes la conocieron podrán juzgar el acierto de esta afirmación.
Los libros de Paquita figuran un abanico con distintas facetas de la escritura y amplio interés por la cultura; así lo adelantan sus títulos: Cantata de la Virgen del Valle y emociones cristianas; Cuentos con magia; Fray Mamerto Esquiú, una vida ejemplar en la historia de Catamarca, América y el mundo; Provincianía catamarqueña; Cuadernos de estudios sociales y lengua sobre Catamarca; Cantares de tiempo y luna; Soledad del siempre amar.
Su vida pública se definió por la docencia, cuya experiencia nutrió sus artículos de divulgación cultural y también los de creación literaria. Sus poemas se caracterizan por la ternura, la sensibilidad social y la preocupación por la infancia. Definen, en cambio, sus cuentos, la crudeza de la realidad y el extrañamiento de la fortuna. En los demás escritos es notable su fe mariana, la admiración por Mamerto Esquiú, la raíz española de esta tierra y la fusión cultural hispano-indígena.
La preferencia por el mundo de los niños es una constante poética: el tiempo de la niñez, los recuerdos, la raíz española y los frutos catamarqueños, los antepasados, las preocupaciones por los niños sin infancia, la realidad desgraciada que se repite. Explora ese mundo como otro niño que disfruta los sentidos con total intensidad; nombra aquel tiempo como “días de gloria”. En “Canción de la niña y el grillo” escribe: “Grillito, grillito mío, / canta tu canción de ayer. / Cri… Cri…que me estoy durmiendo…/ cri… cri… que te duermas tú también.” Entra en la primera imaginación con la certeza de conversar verdaderamente con los animales o los objetos: “–Minino de sol y luna, / grumete de mi velero: / que demos la vuelta al mundo / quiero! / –Capitán, si la aventura / es la meta de tus sueños / aquí estoy para servirte. / Qué vituallas llevaremos? / –Un cargamento de leche / y otra carga de luceros.” (“Canción del niño y el gato”).
Aquella felicidad muchas veces se malogra por las paradojas de la justicia y la necesidad. En el poema “Pequeño Corazón” se refiere a un niño que en la Estación Terminal roba, por hambre y miseria, una manzana y es detenido de inmediato por un oficial; entonces la pregunta surge súbitamente: “¿Qué hacen con el niño?” ¿Por qué no buscan a los que causaron su miseria? O en otro poema donde un canillita no tiene cambio para el vuelto y, al ser acusado de querer quedarse con todo el dinero, devuelve la totalidad diciendo: –Aquí tiene, cien de vuelto, / pues me parece, señor / que a usted le hace falta plata /… y se la regalo yo”. Así destaca la dignidad de los que, por prejuicio, parecen no tenerla. Sin duda, se trata de una niñez de otros tiempos, una niñez histórica que pocos reconocerían hoy, salvo en el relato de los abuelos.
Centrada en la misma época de la vida, desarrolla dos facetas más: la visión de madre y de docente. Expresa el gozo de la maternidad producto del amor. Un ejemplo: “Campanitas de plata / que a gloria suenan: / ha nacido mi niña, / ¡Bendita sea!”. Para este festivo saludo al recién nacido hay también un silencioso cuidado nocturno: “Eres un tercer milagro / que me tiene desvelada /… a las tres de la mañana…”. Es la madre alerta que vigila la vida.
Ser maestra no solo es asumir una gran responsabilidad, sino también conlleva una conjunción de madre-maestra, es decir, de sensibilidad y conocimiento. En el poema “Ruego” le recuerda a la futura maestra de su hija que la docencia es una profesión generosa, más cercana al arte que a la ciencia: “Maestra: / Que junto a mi niña te olvides de todo / lo ruin y egoísta / que ensucia este mundo, / y modeles su alma / –fuente de ternura–, / con amor… de madre, / con pasión… de artista”.
La gracia de ser mujer y la bendición de la maternidad no son –lo sabe– realidades universales, puesto que hay vivencias menos dichosas. En el cuento “La Raquela”, narra la vida desgraciada de una joven mal casada, cuya experiencia hace que ser mujer y madre sea una desdicha. La condición de Raquela y la descripción de su esposo Nicasio lo dicen claramente: “La Raquela conoció del amor solamente sus escallas; las provocó en su cuerpo, deformado por maternidades logradas y frustradas, la bestialidad enconada del Nicasio. Éste era el descendiente neto del primitivismo y de la ignorancia”. Y más adelante, cuando Nicasio, mirando el vientre abultado de su esposa le dice: “–Y va a ser otro macho; ya está apuntando…!”. La narradora añade: “La Raquela seguía callada: para destino tan infeliz de mujer, bastaba con el suyo; ojalá fuera otro macho…”.
En el cuento “La Ulalia” se narra la suerte que corre una trabajadora golondrina quien, después de dar a luz, sufre hemorragias y debe ser llevada al hospital en un penoso recorrido: Eulalia “se moría después de su décimo cuarto parto a solas” y su condición física es lastimosa: “pechos fláccidos… con precaria leche calostre”. Otro personaje sentencia: “No llegará viva al hospital”.
En las narraciones, las mujeres presentan características similares: son taciturnas, resignadas, solitarias, de oscuro destino y de infeliz vivir; están desamparadas y reaccionan, o sufren estoicamente, lo que señala fortaleza ante la desgracia.
A la crudeza y el realismo de sus cuentos siempre se contrapone la ternura que caracteriza su poesía. (Ambos son los extremos de una fina sensibilidad.) La expresa a través de objetos de la naturaleza: “Ha nacido mi niño, / piel de durazno /…/ Tiene un mirar tan dulce / como una urpilita”; nombra a un canillita “jilguerito mañanero, changuito color de tierra / con alas por corazón”; llama a una hija “rosita temprana”; y ante la incertidumbre de una madre que espera un nuevo hijo surge la pregunta: “¿Será una rosa… o un clavel…?”.
La voz de la poetisa se asume como madre y como hija, como abuela y como nieta; es ella misma heredera de la tradición hispanoamericana, un resultado indisoluble de la historia y del tiempo. En “Madre española” leemos: “Se empeñan mis manos / en seguir tus huellas: /…/ MADRE, tú que me oyes / arrullar la nieta / con tres palabritas / de la nona aquella: / –Pedazo de cielo, / rosita de almendras, / duérmete mi niña…/ ¡Hala, que te duermas…!”. Y alguna vez, la madre será abuela: “ABUELA… doblemente madre”.
Imagina que esta relación genealógica es también un vínculo geográfico y cultural. Así, por ejemplo, en “De un parto de España”, el lazo entre España y Catamarca es una relación materno-filial que, en el contexto, significa íntima, pura, amorosa y natural: “¡Y quiero que (…) me llames MADRE, tú, mi CATAMARCA! // Y que comamos juntas el pan de tu hogaza / y maíz, y garbanzos, en mesón de tablas / con humo a cortijo o a rancho de pajas; / y catemos el vino, o tu chicha o añapa / con yuros de barro o en bota aldeana… / Y de postre, higos chumbos o higos en pasa / que amparen sabrosos tu hambre y mis ansias…”. Habituados a leer posiciones discordantes y extremos irreconciliables, la poetisa, en cambio, ofrece un momento de concordia en esta mesa familiar armoniosa. No alimenta anacronismos y presenta una filiación natural. Además, en este cuadro imaginativo, la hija Catamarca en matrimonio con las culturas nativas de América ha dado a luz hijos con vida propia; se parecen tanto al padre como a la madre, y ninguno puede reclamar paternidad única.
En sus libros de ensayo biográficos, cuenta que de su experiencia infantil y juvenil aprendió a vivir un presente de vertientes, herencia y fusión cultural, es decir, el proceso de la convivencia y el mestizaje cultural: que la lengua española está sazonada con palabras del quichua, que un buen locro podía castellanizarse con carnes y embutidos, que en estas tierras bien podían degustar una paella a gusto y paladar español, y disfrutar de gazpachos andaluces y Suspiros de Monja y Natillas aragonesas; y que “¡chinita vueltera!” era un regaño dulce, y que “dormidito” solo podía indicar el plácido sueño de un tierno niño.
No es difícil vincular el trayecto de vida de esta Maestra Normal Nacional catamarqueña, cuya obra fue premiada y distinguida, con la esencia de sus libros. Los temas que prefirió para sus poemas y cuentos formaron parte de la propia personalidad: la niñez provinciana y la raíz española, la religiosidad, particularmente la devoción mariana, la docencia, el apego a la familia y el vivir dentro de la tradición, concebida dinámicamente.
Los escritores del siglo XX valoraron mucho la palabra escrita. Elaborada y cuidada fue el medio de expresión que cultivaron. Para ellos significaba la cultura misma. Paquita entendía que la palabra era portadora de verdades. Quizás por eso prefirió la expresión directa, clara, sencilla y hasta coloquial. Sin coquetear con “ismos” ni enfatizar con “istas”, develó hace ya muchos años las diversas facetas de la mujer en la cultura local, por ideal o cruda que fuera. Con su vocación y experiencia de maestra-madre, pudo señalar que la niñez debe ser el tiempo de la ternura y que está en riesgo constante por fallas de los adultos. Con su visión conciliadora y su comprensión de los procesos históricos, expresó que la cultura es una totalidad compartida y dinámica que se desarrolla todos los días, con el aporte de lo viejo y de lo nuevo, con la riqueza de ayer y la novedad de hoy.
En una carta a María Rosa Calás de Clark, del 25 de noviembre de 1999, Paquita consideró que sus escritos eran una “humilde labor” sin otro mérito que el de “acollarar letras”. Esta sincera modestia es de quien no buscaba notoriedad personal con su trabajo literario sostenido. Sin embargo, por la riqueza de su mirada tierna hacia la infancia, por un lado, tan particular y reveladora, con la dureza de matices locales y, por otro, tan tradicional y castiza, el tiempo y sus lectores acrecentarán su valor como una genuina escritora de nuestro medio.*
