«El relato no solo es coherente, sino que resulta abrumador»

ABUSO EN LAS JUNTAS
Se sentó un precedente judicial en relación con los abusos sexuales en grupo y en contexto de fiestas con excesos.
Noche, alcohol, pastillas y no comprender que “no es no” son el trasfondo de muchas agresiones sexuales. Lo que es peor, en los últimos años se denunciaron varias agresiones sexuales cometidas en grupo en el contexto de la “semana del estudiante” o de festejos juveniles. Tanto víctimas como victimarios son adolescentes; chicos y chicas que tal vez recién se inician en las “juntadas” con amigos.

Durante la “semana del estudiante de 2018” en Las Juntas, Ambato, tres adolescentes de 17 años agredieron sexualmente a una chica de 15 años. Ella guardó el secreto durante algunos meses, hasta que a finales de ese año pudo romper el silencio y contárselo a su mamá. Juntas realizaron la denuncia.

Semanas atrás, los tres jóvenes ocuparon el banquillo de los acusados de la Cámara de Sentencia Penal Juvenil. El Tribunal especializado estuvo integrado por los jueces Fabricio Gershani Quesada, Marcelo Soria y Jorge Palacios. Por unanimidad, los magistrados hallaron culpables a dos de los jóvenes por el delito de “abuso sexual con acceso carnal agravado por resultar en grave daño a la salud mental de la víctima y por ser cometido por dos o más personas”; el tercero fue hallado culpable por el delito de “abuso sexual simple agravado por resultar en grave daño a la salud mental de la víctima”. Como consecuencia, los dos primeros fueron condenados a siete años de prisión y el tercero, a tres años de prisión en suspenso. La condena, de alguna manera, sienta un precedente en los casos de agresiones sexuales en patota. Días pasados se conocieron los fundamentos de la condena. La elaboración del voto estuvo a cargo del juez Penal Juvenil Gershani Quesada. “Toda la prueba es conducente a para afirmar con certeza que la niña fue víctima de abuso”, destacaron.

Al respecto, explicaron que una de las características de las víctimas de abuso sexual es precisamente la ajenidad a la denuncia, al proceso judicial, “por miedo o vergüenza”. “Salir de ese estado de culpabilidad autoimpuesta para pasar al correspondiente lugar de víctima es un proceso lento y complejo, que lleva su tiempo y esfuerzo, sobre todo si la víctima es menor de edad”, advirtieron.

Los magistrados detallaron que las estructuras sociales, los mandatos del que dirán, muchas veces les impide a las niñas romper ese silencio, sobre todo en una ciudad tan chica “como la nuestra”, donde todos se conocen, y la primera juzgada siempre es la conducta supuestamente inadecuada de la víctima. “No sorprende a este magistrado que la niña no quiera denunciar y que una vez que su madre lo hizo, no esté en condiciones de declarar. Intentó, en todo momento, que esto que sufrió no se supiera; intentó disimular para evitar seguir siendo víctima, ultrajada, pero esta vez por parte de la sociedad. Ella no quiso esto, pretendió olvidarlo, como que no pasó y la gravedad de los hechos se lo impidió, hasta que un día explotó y se lo dijo a su madre ante un reclamo airado de esta ‘para qué, si eso ya pasó’”, precisó Gershani Quesada en el voto.

Además, remarcó que la chica, pese a no haber estado antes en el lugar y a la traumática vivencia, es capaz de describir lo vivido. Es capaz de dar algunas precisiones, al menos de lo más importante, se advirtió. Describió el lugar donde fue ultrajada. Ese lugar sí existe, se señaló.

Los magistrados entendieron la vergüenza que pasó la niña y su intento de disimular lo vivido. Para este Tribunal, su relato no solo es coherente sino que resulta contundente y hasta abrumador. Contó con claridad, sin fisura alguna y en forma detallada lo ocurrido, sin que exista contradicción ni ambigüedad. “El testimonio de la chica aparece como creíble, verosímil y sostenido. Las víctimas de abuso sexual, especialmente una persona doblemente vulnerable por su condición de mujer y menor de edad, no son víctimas comunes a otros hechos ilícitos. Las reglas de la victimología no se aplican a rajatabla. Una víctima de abuso tiene procesos, muy personales, que va desarrollando –en muchos casos- con el transcurso del tiempo. El hecho de no tener conductas inmediatas propias de una víctima no la hace menos víctima. Es fácil imaginar que una niña no se animará de inmediato a contar lo que le pasó. También es común que inicialmente la víctima se sienta culpable, más aún si es menor de edad, si una amiga así se lo hace sentir y si lo que le ocurrió –según la mirada sesgada de los adultos- le pasó por no estar donde debería estar. Son todos pensamientos que pasan por la cabeza de una niña, que además no quiere que se sepa nada por vergüenza, para no seguir siendo víctima pero esta vez de su entorno y de la sociedad”, fundamentaron.

Punto por punto
Las claves de los fundamentos

«Toda la prueba es conducente para afirmar con certeza que tanto la niña como su madre no mienten; la niña fue víctima de abuso».
«Una de las características de las víctimas de abuso sexual es precisamente la ajenidad a la denuncia por miedo o vergüenza. Salir de ese estado de culpabilidad para pasar al lugar de víctima es un proceso lento y complejo que lleva su tiempo y esfuerzo. Las estructuras sociales, los mandatos del que dirán, muchas veces les impide a las niñas romper ese silencio».
«El relato de la niña no sólo es coherente sino que resulta contundente y hasta abrumador».
«La niña, pese a no haber estado antes en el lugar y a la traumática vivencia, es capaz de describirlo».
«Describió con precisión las conductas de los abusadores, qué hacía cada uno, en qué circunstancias, de qué modo. Recordó especialmente las burlas que recibía por parte los dos primeros agresores y que ella se negó en todo momento».

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