Editorial
El formidable incremento de la importación de ropa usada no es un dato aislado del comercio exterior, sino el síntoma de una política que, en nombre de la apertura irrestricta, amenaza con profundizar la crisis de la industria textil nacional y, al mismo tiempo, convertir al país en el nuevo basurero textil del planeta.
Según la Fundación Pro Tejer, las importaciones de ropa usada alcanzaron un récord histórico: más de 4,6 millones de kilos, con un aumento interanual superior al 19.000%. Al mismo tiempo, la industria textil argentina atraviesa una de las peores coyunturas de su historia reciente: caídas persistentes en la producción, utilización de capacidad instalada en mínimos preocupantes, cierres de plantas y despidos de trabajadores. En ese contexto, la competencia de ropa usada importada a precios ínfimos es un factor adicional de asfixia para un entramado productivo que emplea a miles de familias.
Pero el problema no se agota en la dimensión industrial. Hay otra arista, menos visible pero potencialmente más grave. De acuerdo con las propias cifras difundidas por el sector, una porción significativa de esos 4,6 millones de kilos no encontrará comprador. La experiencia internacional indica que buena parte de la ropa usada que circula globalmente termina convertida en residuo. Es decir, lo que ingresa como mercancía concluye como basura.
Muchos países del primer mundo enfrentan un problema estructural: el excedente de toneladas de indumentaria descartada por el “fast fashion», o «moda rápida» en español. Necesitan deshacerse de ese volumen. Si, además, encuentran mercados que compren «aunque sea a valores irrisorios» esos descartes, el negocio es redondo para las naciones centrales. Trasladan el pasivo ambiental y obtienen ingresos. El costo, en cambio, queda en los países receptores.
Bajo la lógica de la desregulación y la apertura promovida por el gobierno libertario, Argentina va camino a convertirse en un basural textil.
La Fundación Pro Tejer advierte que los descartes ingresan al mercado local en fardos sin clasificación ni controles sanitarios adecuados. La mayor parte proviene del desierto de Desierto de Atacama, en Chile, convertido hasta ahora en el mayor depósito de ropa usada del mundo. Desde allí, la mercadería cruza la frontera por Jujuy y se distribuye en el país.
Una proporción considerable de esas prendas es de poliéster, una fibra sintética no biodegradable que libera microplásticos y cuya reutilización o incineración segura resulta compleja debido a los químicos empleados en su fabricación. En otras palabras, no solo se importa ropa usada: se importan residuos potencialmente contaminantes y difíciles de gestionar.
Mientras la mayoría de los países prohíbe o restringe severamente la importación de ropa usada por sus riesgos sanitarios y ambientales, la Argentina avanza en sentido contrario. Bajo la lógica de la desregulación y la apertura promovida por el gobierno libertario, se facilita el ingreso de volúmenes crecientes sin que medie una evaluación integral de sus consecuencias productivas, sociales y ecológicas.
Si no se corrige el rumbo, la Argentina podría dejar de ser un país productor para convertirse, en el corto plazo, en el mayor basural textil del mundo.
