El achicamiento del arco opositor

OPINIÓN
Una de las consecuencias políticas más visibles —y menos discutidas— del gobierno de Javier Milei no está en el oficialismo sino enfrente: la forma en que la oposición más combativa quedó reducida a un espacio estrecho, donde confluyen sectores de la izquierda dura y fragmentos del kirchnerismo que, en la práctica, terminan compartiendo consignas radicalizadas. No hay allí una estrategia de poder ni una propuesta alternativa consistente; hay reacción, repliegue y, sobre todo, una coincidencia defensiva frente a un Ejecutivo que impuso agenda.

La concentración realizada el lunes frente a la Embajada de Estados Unidos en la Argentina fue una postal elocuente de ese proceso. Bajo el rechazo a la intervención estadounidense en Venezuela y el apoyo al detenido líder chavista Nicolás Maduro, marcharon columnas de izquierda, organizaciones sindicales, agrupaciones peronistas y movimientos piqueteros. Más que una demostración de fuerza, el acto expuso el achicamiento del campo opositor hacia un núcleo ideológico cada vez más homogéneo y previsible.

La feroz interna entre Cristina Fernández y el gobernador bonaerense Axel Kicillof aceleraron un proceso de licuación de poder de un espacio que supo ser hegemónico.

Participaron de la movilización el Movimiento Evita, la Corriente Clasista y Combativa, el Polo Obrero, el Nuevo Mas, las agrupaciones kicillofistas Patria y Futuro y La Patria es el Otro, las dos vertientes de la CTA, el Partido de los Trabajadores Socialistas, el Partido Obrero, el Partido Comunista y Patria Grande, el espacio que conduce Juan Grabois. Entre los principales dirigentes presentes se contaron Hugo Godoy y Hugo Yasky, titulares de las dos CTA; Eduardo Belliboni, referente del Polo Obrero; Myriam Bregman, diputada nacional del PTS; Federico Winokur, excandidato del Nuevo Mas; Silvia Saravia, de Libres del Sur; Mónica Schlottahuer, diputada de Izquierda Socialista; Roberto Baradel, secretario general de Suteba; y Néstor Pitrola, diputado nacional del Partido Obrero, entre otros.

La imagen fue la de un arco opositor que, ante la ausencia de liderazgo y de un horizonte electoral cercano, se reagrupa alrededor de consignas maximalistas, muchas veces desconectadas de las preocupaciones mayoritarias de la sociedad. En ese corrimiento, la izquierda ocupa un lugar central, mientras sectores del kirchnerismo se pliegan a una lógica de protesta que reemplaza a la construcción política.

Este fenómeno no puede leerse al margen de la crisis interna del kirchnerismo. La errática conducción posterior a la derrota electoral y la feroz interna entre Cristina Fernández de Kirchner y el gobernador bonaerense Axel Kicillof aceleraron un proceso de licuación de poder de un espacio que supo ser hegemónico. Hoy, su influencia parece reducirse a un bloque cada vez más menguado en ambas cámaras del Congreso y a determinados sectores sindicales y piqueteros que, aunque conservan capacidad de movilización, han visto disminuir de manera sensible su incidencia real en las decisiones de Estado.

El sindicalismo que se expresa en estas marchas ya no es el actor central de otros tiempos; los movimientos sociales, golpeados por recortes y cambios en la política de asistencia, tampoco muestran la gravitación de años anteriores. Y el kirchnerismo, atrapado en una interna sin resolver, aparece más cómodo en la protesta que en la formulación de una alternativa creíble.

En ese marco, el gobierno de Milei enfrenta una oposición ruidosa pero acotada, más eficaz para ocupar la calle que para disputar sentido común. Una oposición que, al replegarse sobre consignas radicalizadas y alianzas tácticas, se aleja del centro político y se encierra en un círculo cada vez más estrecho.

Por ahora, la imagen es nítida: una oposición concentrada, reactiva y sin proyecto, que parece confirmar que uno de los efectos más duraderos del mileísmo puede ser, paradójicamente, el empobrecimiento del campo opositor.

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