Opinión
La eyección de Diana Mondino de la Cancillería impulsó en el núcleo duro del mileísmo una serie de proclamas que exigen una suerte de pureza ideológica -que lleva consigo también una incapacidad para la crítica interna- como criterio para llenar los casilleros que van quedando vacíos en el Gabinete, e incluso para ocupar cargos menores de la administración pública nacional.
En consonancia con la expulsión de Mondino, que llegó al cargo de ministra por su aporte financiero a la campaña presidencial más que por una idoneidad, que ciertamente no demostró, o por un alineamiento incondicional a los “postulados de la libertad”, la Oficina del Presidente emitió un comunicado en el que anunció que realizaría una auditoría del personal de carrera de Cancillería con el objetivo de “identificar a impulsores de agendas enemigas de la Libertad”. Una depuración ideológica que remite a las épocas del macartismo estadounidense o, más cercano en el tiempo y en el espacio, a ciertos comportamientos del kirchnerismo cuando gobernó entre 2003 y 2015 la Argentina.
De un modo más brutal se pronunció en el mismo sentido Daniel Parisini, más conocido como “el Gordo Dan”, uno de los arietes de las “fuerzas del cielo” digitales. No por ser un personaje bizarro debe subestimárselo. Es la voz cantante de Santiago Caputo, la persona con mayor influencia en el gobierno luego de Milei, su hermana Karina y el ministro Luis Caputo.
En su programa del streaming ultraderechista Carajo!, el Gordo Dan, que ya se está probando su candidatura a diputado nacional por su provincia de origen, Santiago del Estero, vociferó: “En el Estado tenés sobrevivientes del radicalismo, del macrismo, del kirchnerismo que literalmente son comunistas, que siguen laburando en el Estado. Y como el Estado es tan gigante, es gente que todavía no se ha logrado barrer para poner a los propios. Acá, repito, ¡hay que poner a los propios! Los propios a veces es un amigo, un conocido, que vos sabés que está con la ideología adecuada. Alguien que te da la confianza suficiente para llevar a cabo una tarea que implica no traicionar la ideología del Presidente, que es muy importante. ¿Gobernás? Ponés a los tuyos. Porque de pronto metés en el Estado a alguien que tiene medalla de oro como Kicillof y te cumple con todos los requisitos pero es un comunista hijo de puta que te hace microgolpismo y te tira para atrás”.
Todos los cargos en el Estado requieren idoneidad, aun aquellos que, por su naturaleza más vinculada a lo político que a lo técnico, exigen como requisito un alineamiento ideológico con el proyecto político que gobierna. En lo que respecta a los cargos técnicos, la pureza ideológica es una exigencia inútil. Marcos Lavagna, titular del INDEC durante la gestión de Alberto Fernández y actualmente también, es un ejemplo apropiado.
El problema de fondo es que detrás de la búsqueda de pureza ideológica hay una fuerte tendencia al sectarismo y al verticalismo, que implican siempre ausencia de debate, y, consecuentemente, menos democracia. Y que, en casos extremos, pueden derivar en una abierta persecución ideológica al que piensa distinto.
La intolerancia al disenso y la incapacidad de diálogo no son, por cierto, patrimonios exclusivos de La Libertad Avanza; atraviesan a todas las fuerzas políticas, aunque a unas más que a otras. Todo depende de la potencia del liderazgo.
En todo caso, lo que debe recriminársele al espacio libertario es que su adhesión a este tipo de ejercicio del poder va en contra de su discurso acerca de la libertad y también de su condición de fuerza que, presuntamente, venía a renovar la política en la Argentina.
