Cada vez más Alberto

Opinión
La Presidencia del PJ bonaerense que se allanó a aceptar para evitar enfrentar en las urnas a La Cámpora es una derrota del gobernador Axel Kicillof en el marco de un pacto de impotencias. El acuerdo se trafica como una muestra de unidad, pero es en realidad una tregua, dentro de la cual el ultrakirchnerismo consiguió cargos en la estructura de conducción y la titularidad del Congreso partidario para Máximo Kirchner.

Estas herramientas burocráticas le serán muy útiles para condicionar el diseño de alianzas y candidaturas el año que viene, apalancado en la llave maestra de su sobrevida metropolitana: la gravitación de sus tropas en la Legislatura de Buenos Aires es central para la estabilidad del gobierno kicillofista.

Pacto de impotencias, pero con «La Cámpora» gananciosa. El acuerdo no revierte el eclipse kirchnerista, pero lo ralentiza lo suficiente para complicar los proyectos presidenciales de Kicillof e incluso frustrarlos. Kicillof paga la unidad con un cepo a su autonomía. La dependencia de la estructura que conduce Máximo Kirchner se ha convertido en su principal limitante para liderar el peronismo nacional.

El poder que retiene en la Legislatura bonaerense es, además, el instrumento “camporista” para mantener bajo control eventuales posibilidades que le surjan a Kicillof de afianzar lazos con los peronismos ajenos al área metropolitana, adicional a las intervenciones que el PJ nacional ya descargó sobre las filiales insumisas de Jujuy, Salta y Misiones.

«La Cámpora» funciona como un bloque dentro del bloque peronista: sin sus brazos, Kicillof no puede aprobar un presupuesto ni obtener autorizaciones de endeudamiento para sostener la Provincia, asfixiada por el gobierno nacional.

Axel Kicillof no puede superar su condición de rehén del kirchnerismo. Las dudas sobre sus condiciones para el liderazgo se acentúan.

Respaldado por la mayor parte de los intendentes, el gobernador tal vez se hubiera impuesto en la interna y asestado un golpe letal a sus antagonistas, pero temió la victoria pírrica de ganar el partido pero quedar con una provincia ingobernable y una Legislatura bloqueada.

Esta escasa fe en su capacidad para administrar los efectos y potenciar nada menos que una victoria sobre el ultrakirchnerismo profundiza los interrogantes sobre su competencia para el liderazgo político.

Si no logra ordenar su propia provincia, que concentra el 40% del padrón nacional, ¿qué autoridad puede proyectar hacia el resto del país?

El escepticismo se acentúa entre los gobernadores, intendentes y dirigentes del PJ del interior. Kicillof sigue siendo rehén de la dinámica interna metropolitana y no sabe, no puede o no quiere cortar el cordón umbilical con el kirchnerismo.

La experiencia de Alberto Fernández ha sido aleccionadora para los jefes territoriales peronistas. Al expresidente se le ofrecieron todas las posibilidades para edificar poder propio y desmarcarse del tutelaje de Cristina Kirchner, su vicepresidenta, pero las desechó a todas. Cada muestra de su incompetencia para ejercer el poder se tradujo en una escalada tóxica del kirchnerismo, en un proceso que terminó por aniquilar su autoridad hasta convertirlo en una figura decorativa, blanco de escarnios sistemáticos.

Que los caciques peronistas interpreten el desenlace de la interna bonaerense desde esa perspectiva histórica no sería tan pernicioso para Kicillof como que lo haga el electorado. Todo indica que el kirchnerismo cerca al gobernador para, en el mejor de los casos, tratar de repetir el dispositivo de poder vicario que se estrelló en 2023. La “máscara de Alberto” funcionó una vez y tuvo los resultados conocidos. ¿Por qué habrían de confiar los votantes en el éxito de una eventual “máscara de Axel”?

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