El profeta enajenado

OPINIÓN
Perdiendo piso político debido a los decepcionantes resultados de su experimento económico, Javier Milei escala en disparates que hace tiempo han dejado de considerarse como un rasgo pintoresco e inofensivo de su personalidad. Desplegados sobre la confirmación oficial del aumento del desempleo y la pobreza y el desplome de la actividad económica, los desatinos exhiben a un líder paranoico, enajenado en su mesianismo, que erosiona con sus conductas la de por sí menesterosa confianza que tienen en el país los mercados que su propia prédica sacraliza como fuente de toda razón y justicia.

Dos entrevistas concedidas después de su intervención ante la Asamblea de la ONU, una a Bloomberg en Nueva York y otra a Luis Majul, ya en Buenos Aires, abundaron en justificaciones estrafalarias sobre los resultados de su programa, basadas en desacreditar los datos del INDEC. Milei no explica: niega cualquier elemento que no se ajuste a proyecciones teóricas en las que la economía vuela, pero en el terreno informal y atribuye todos los sinsabores a conspiraciones pergeñadas por sujetos malignos empecinados en “dinamitar el modelo argentino”.

No obstante, ha conseguido inyectar 100.000 millones de dólares al sector privado a través de la eliminación de impuestos y las desregulaciones. Es alrededor del 14% del PBI argentino. Que la mayor parte de la sociedad argentina no haya registrado tamaña bonanza prueba la eficacia de los enemigos conjurados contra la Patria, que el año pasado indujeron para perjudicarla una corrida de 70.000 millones de dólares. Es decir, 10% del PBI y el 70% que la magnanimidad libertaria le ha devuelto al pueblo argentino.

Perdiendo piso político, Milei escala en disparates que han dejado hace tiempo de ser un rasgo pintoresco de su personalidad

Como si los sofismas estadísticos y las desmesuras dolarizadas no fueran suficientes para alimentar la reticencia de los inversores a los que implora confianza, el presidente informó sobre un estado prebélico seguramente estimulado por el fracaso de los siete intentos de golpe de Estado que debió neutralizar el año pasado sin que los argentinos tuvieran el menor indicio de ellos. Siete nada menos, número cabalístico que ya anunciaba el cariz que tomarían los acontecimientos.

El calibre de sus enemigos obligó al Presidente a convertir a la Quinta de Olivos en una “base militar”. Nada tuvieron que ver los relevos de personal informados con las supuestas matufias con compras de alimentos a insumos que demandan ese enclave defensivo y la Casa Rosada, inventadas por la prensa tanguera empeñada en deshacer.

La magnitud de la conspiración demandaba cifras más impactantes. Resulta que el Gobierno deportó desde el año pasado 30.000 “terroristas” que habían sido infiltrados. Una verdadera hazaña del aparato de inteligencia nacional, que se reivindica de esta manera por haberse dejado arrebatar por Claudio “Chiqui” Tapia el rescate del gendarme Nahuel Gallo de las garras de la dictadura venezolana que ahora responde a Donald Trump.

Este cúmulo de delirios apilado en 48 horas no debería asombrar en un personaje que los ha cultivado desde siempre y que involucró al país en las guerras que asuelan Medio Oriente fundado pura y exclusivamente en su adoración fanática a Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Sin embargo, a tres años de Gobierno golpean como síntomas de un desequilibrio emocional que se torna más inquietante en cuanto se advierte la ineficacia de los reaseguros políticos para contenerlo. La administración libertaria no ha conseguido avanzar en la construcción de un sistema político razonable, que ofrezca certidumbres mínimas.

En ese marco se entienden los movimientos autónomos de la senadora Patricia Bullrich, que insiste con que lo que se debe garantizar es “la reelección del modelo”, no de Milei.

En ese marco también se entienden los problemas que tienen los libertarios locales para conseguir socios y restringir las sangrías. El diputado Adrián Brizuela, candidato a gobernador, impone como condición indefectible para sentarse a hablar que el interlocutor adhiera las demenciales hipótesis del Presidente. Es el reverso de Máximo Kirchner, que exige la sumisión a su madre como requisito previo de cualquier diálogo.

En esa pinza está atrapado el país.

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