Más de una década después de duros enfrentamientos políticos e ideológicos, la cesión de terrenos y la restauración de la Casona Lafone Quevedo señalan el triunfo del pragmatismo y la educación pública por sobre las viejas rencillas partidarias.
Una década no es un lapso menor en la dinámica política de una provincia, pero a veces resulta el tiempo justo para que las pasiones se enfríen y prime el sentido común. La reciente firma del convenio entre el Gobierno de Catamarca, la Municipalidad de Andalgalá y la Universidad Nacional de Catamarca (UNCA) para restaurar la histórica Casona Lafone Quevedo —destinada a convertirse en sede universitaria departamental— no es solo un hito de gestión patrimonial e educativa. Es, ante todo, el cierre formal de un prolongado conflicto institucional.
La rúbrica encabezada por el gobernador Raúl Jalil y el rector de la UNCA, Óscar Arellano, junto a la previa cesión de terrenos en Belén a la casa de altos estudios, salda en los hechos una batalla dialéctica que durante años tuvo al Poder Ejecutivo provincial y a la conducción universitaria como irreconciliables antagonistas.
Tiempos de trinchera y disputa política
Para comprender el valor del presente acuerdo es preciso mirar hacia 2014. Por aquel entonces, cuando la senadora Inés Blas propuso la creación de la Universidad Nacional del Oeste de Catamarca (UNOCA), que tendría su sede en la ciudad de Belén, en el departamento homónimo del oeste catamarqueño. La legisladora impulsaba la nueva casa de estudios “en el marco y alcances de la Ley Nº 24.521 de Educación Superior, según la normativa y reglamentación vigente para las Universidades Nacionales”. El impulso parlamentario para crear la Universidad Nacional del Oeste de Catamarca (UNOCA) con sede en Belén encendió las alarmas en el rectorado de la UNCA. En un contexto nacional donde florecían nuevas universidades públicas, el proyecto —respaldado por el gobierno de Lucía Corpacci— chocó de frente con la resistencia académica de la casa tradicional.
La disputa distaba de ser puramente técnica o presupuestaria: encarnaba un añejo choque de identidades. Mientras la universidad era señalada por referentes del peronismo como un «bastión radical» y un reducto de exclusión ideológica heredado de dinámicas conservadoras, la conducción universitaria defendía su autonomía frente a lo que percibía como un avance del poder político provincial.
El diálogo como herramienta de desarrollo regional
Los años y la alternancia de nombres demostraron que la política institucional puede encontrar caminos de coincidencia sin renunciar a las identidades de origen. La gestión de Raúl Jalil optó por el camino componedor: articular con la UNCA en lugar de confrontar, propiciando hitos de enorme relevancia social como el desembarco de la carrera de Medicina en la provincia y la expansión efectiva de la universidad hacia el interior.
Ni el gobierno dejó de ser peronista, ni la universidad borró su tradición radical. Sin embargo, el pragmatismo enfocado en las necesidades reales de los estudiantes del interior terminó por imponerse sobre el dogmatismo. El resultado es concreto: obras, carreras y presencia territorial.
La memoria viva contra la sombra del oscurantismo
Resulta oportuno recordar, en fechas que convocan a la memoria colectiva, el valor de las instituciones educativas y de la circulación de las ideas. Un 30 de agosto de 1980, la dictadura militar concretó en Sarandí la quema de un millón y medio de ejemplares, en lo que constituyó uno de los actos de barbarie cultural más nefastos de la historia argentina.
Aquel episodio —al que se sumaron las piras de libros en Córdoba impulsadas por Luciano Benjamín Menéndez o la censura a autores emblemáticos y literatura infantil— perseguía el vano intento de acallar el pensamiento crítico. Como recordaba Víctor Hugo, el mundo no avanza por el impulso de las máquinas, sino por el poder de las ideas.
En una era donde a menudo resurgen discursos que pretenden relativizar el valor de la memoria o desmerecer el rol de la universidad pública, acuerdos como el alcanzado en Catamarca cobran un significado superior: demuestran que defender el conocimiento, la infraestructura educativa y el acceso de los jóvenes a la educación superior sigue siendo la mejor respuesta frente al oscurantismo y la intolerancia.
