La herida que no cierra: el legado cultural y social de la era Milei

Por: Leo Colella

Investigador del CONICET

Milei se va, pero nos deja una lengua enferma, una lengua que aprendió a llamar gasto a la vida común, déficit al derecho y libertad a la indiferencia. Su partida física del poder no implica la desaparición inmediata de la sospecha instalada entre los trabajadores y los sectores más vulnerables. Aquellos que deberían reconocerse en la misma miseria social fueron empujados, sistemáticamente, a disputarse migajas como si cada derecho ajeno fuera una afrenta personal.

El ajuste sobre el tejido social
Se va, pero nos deja una postal desoladora: jóvenes celebrando la humillación de los más indefensos, trabajadores festejando el ajuste sobre sus pares y ciudadanos aplaudiendo la destrucción de lo público con la felicidad oscura de quien busca una venganza que, en última instancia, solo es contra sí mismo.

Milei se va, pero deja atrás una sociedad a la que lograron arrancarle la vergüenza ante la ignorancia y la brutalidad. Y esa es la herida mayor: no la que puede corregirse con una partida presupuestaria, un decreto, una paritaria o una oficina reabierta. La herida mayor es haber convertido la degradación del otro en una pequeña fiesta privada de la propia impotencia.

Un país de lazos rotos
El país que queda es uno donde la palabra «comunidad» fue empujada al rincón de lo prohibido. La motosierra no solo recortó partidas presupuestarias; cortó también lazos, memorias, cuidados, pudores y formas elementales de reconocimiento mutuo.

Se van los ministros, los voceros, los técnicos de la devastación y los cortesanos de conciencia vacía. Algunos, incluso, se van para enfrentar a la justicia. Pero aunque huyan hacia sus usinas de absolución o sus guaridas de privilegio, el daño permanecerá.

«El daño va a quedarse en la mirada conformista, en la burla ante el sufrimiento y en la docilidad de haber sido convencidos de que el despojo ajeno sería redituable».

La reconstrucción de lo sensible
Milei se va, pero nos deja la tarea más difícil: volver a hacer sensible a una sociedad. El desafío de volver a enseñar que nadie conquista justicia a través del odio.

Es imperativo volver a decir, frente al resentimiento organizado, que el otro no es un gasto, ni una amenaza, ni una carga impositiva. El otro es el lugar donde todavía puede empezar un país.

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