La fila que habla sola

Editorial
Hay realidades que no precisan estadísticas oficiales para ofrecer un sentido. Basta, por ejemplo, pararse un jueves frente a la parroquia Sagrada Familia de Villa Cubas y contar las personas que esperan un bolsón de comida o cualquier aporte que los ayude a soportar la pobreza. La fila habla sola.

El padre Oscar Tapia, que lleva años como párroco en ese barrio, explica que cada semana son más los que se acercan en busca de ayuda. Y ya no son solo los de siempre, los que uno podría identificar como los vecinos más pobres del lugar. Vienen de otros barrios, gente que antes no venía. Familias que, hasta hace no tanto, nunca habían necesitado pedirle comida a nadie. Los recursos de Cáritas, como en tantos otros lugares del país, no alcanzan. Y la demanda sigue creciendo.

El sacerdote reflexiona que “más allá de las estadísticas que se manipulan, la realidad nos hace sentir la carencia de lo básico. Tenemos en la Argentina una clase media empobrecida y que tiene que pedir ayuda para poder tener alguna comida diaria. No se llega a fin de mes”.

La pobreza es uno de esos terrenos donde la distancia entre la estadística oficial y la experiencia social puede volverse un abismo.

Mientras el gobierno nacional continúa presentando datos que muestran, a partir de criterios de cálculos desactualizados y por eso cuestionables, una reducción de la pobreza, las organizaciones e instituciones que trabajan en el territorio constatan que los comedores no dan abasto y que la demanda de ropa se multiplica, reflejo directo del deterioro del poder adquisitivo de los salarios frente a la inflación y del aumento del desempleo o la informalidad laboral. Es que hay momentos en los que datos de la realidad resultan más elocuentes que cualquier informe oficial. La pobreza, precisamente, es uno de esos terrenos donde la distancia entre la estadística oficial y la experiencia social puede volverse un abismo.

Lo expresado por el párroco catamarqueño no constituye un hecho aislado. Se suma a reiterados llamados de atención que la Iglesia Católica viene realizando en distintos puntos del país respecto de la creciente ausencia del Estado en barrios populares. Es que donde se retraen las políticas públicas, no solo se agrava la inseguridad alimentaria, sino que también se generan vacíos que otras estructuras ocupan con rapidez. Entre ellas, el narcotráfico, que avanza donde retroceden la escuela, el club, la parroquia, el centro vecinal y la presencia institucional legítima.

Las urgencias derivadas del aumento de la pobreza y de las necesidades más elementales exigen, por cierto, la solidaridad indispensable de quienes todavía están en condiciones de ayudar. Pero la caridad privada, por generosa que sea, nunca reemplaza a la responsabilidad pública. La Argentina necesita, sobre todo, un Estado presente que asista a los más vulnerables, que recupere herramientas para generar empleo genuino y que comience a revertir la tendencia creciente de la pobreza, la indigencia y el desempleo.

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