Opinión
En vísperas de las elecciones fue el cheque de Donald Trump y el secretario del Tesoro norteamericano Scott Bessent, ahora el espionaje ruso: los auxilios providenciales llegados desde exterior se afianzan como insumo político de Javier Milei.
Las supuestas maniobras de desinformación en medios argentinos promovidas por el Kremlin le caen como maná del cielo a un Gobierno agobiado por las revelaciones sobre las correrías de su jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y las alternativas de la criptoestafa $LIBRA que complican al propio Milei y su hermana Karina.
La noticia es real. Un consorcio internacional de periodistas accedió a 76 documentos de una red denominada «La Compañía», vinculada al Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SVR), que habría financiado más de 250 artículos críticos hacia la gestión libertaria entre junio y octubre de 2024.
Grave, sin dudas, pero los alcances diplomáticos del episodio parecen interesarle menos al Gobierno que su utilidad para denostar al periodismo.
Milei lo utilizó para desenfrenar un ataque generalizado e indiscriminado contra la prensa empecinada en difundir noticias que lo desacreditan como adalid de “la moral como política de Estado”, potenciando la sigla “NOLSALP”: No odiamos lo suficiente a los periodistas.
Apenas se conoció la información, el sepulturero de Maquiavelo publicó un posteo en X titulado «Periodismo basura», en el que catalogó a los periodistas y medios involucrados como «corruptos y traidores a la patria». Luego extendió esa caracterización a «la gran mayoría» del periodismo argentino, ilustrando algunos de sus arranques con logos de medios que, según la propia investigación internacional, no tenían ninguna vinculación con “La Compañía”, aunque sí una cobertura importante de casos inconvenientes para la Casa Rosada.
Las descargas son intensas y le sirven al aparato libertario para tratar de desplazar el foco de atención de sus corruptelas, que tienen mayor potencia erosiva en un contexto donde el impacto social del programa económico empieza a sentirse con más fuerza.
Conviene precisar lo que la investigación del consorcio periodístico que descubrió la trama de inteligencia efectivamente establece.
Los documentos mencionan presupuestos, tarifas y una lista de medios. Sin embargo, los propios periodistas que realizaron la investigación fueron taxativos aclarar que «no se pudo corroborar que los pagos que figuran en los documentos se hayan realizado y a quién». Los editores y directores de los 15 medios que accedieron a ser entrevistados negaron cualquier implicación con fondos rusos. Los intermediarios entre los artículos y las redacciones dijeron no conocer el origen del dinero.
La cadena de responsabilidades, en definitiva, no está probada. En cualquier caso, los elementos disponibles son mucho menos sólidos que los viajes y las propiedades de Adorni o las reuniones y diálogos de los hermanos Milei con los promotores de Libra.
La Embajada rusa en Argentina rechazó, obviamente, las acusaciones, a las que calificó como «historia inflada artificialmente» que no aporta «hechos ni pruebas».
La hostilidad de Milei hacia la prensa no nació con el espionaje ruso. Es un componente estructural de su comunicación política. «NOLSALP» —amplificado ahora desde la cuenta presidencial— lleva meses circulando en las redes de la «guerrilla digital» que coordina el asesor Santiago Caputo. La diferencia es que esa campaña se sostenía en la acusación genérica de «periodistas ensobrados» y ahora cuenta, gracias al Kremlin, con documentos filtrados para solventar la hipótesis de las canallas conspiraciones contra los probos libertarios.
Habrá que ver si los resultados son similares a los del respaldo de Trump y Bessent el año pasado, pero por lo pronto: que tipo tan gaucho había sabido ser este Putin.
