Ya no cambian drogas…

Editorial
El 26 de enero, un informe periodístico revelador del diario La Gaceta, de Tucumán, confirmó una sospecha y mostró cómo las rutas del narcotráfico habían mutado: el endurecimiento de algunos controles fronterizos le dieron más protagonismo a otros parajes, pueblos, municipios y provincias más alejados de la frontera, a donde llegan por vía aérea.

Los colegas de El Ancasti lo replicó en su edición del 30 de enero. Hoy se cumplen diez días de la publicación original y es por lo menos curiosa la forma en la que, salvo alguna excepción que confirma la regla, ningún referente opositor retomó el tema. Fue una bandera en la campaña electoral del año pasado.

Probablemente aquellos referentes políticos tan preocupados por lo que ocurre con el consumo problemático en la Capital y en la provincia aún no hayan podido leer el informe. Quizás es porque no tuvieron acceso a internet o quizás porque no terminaron de ajustarse al “jetlag” que les provocó volver de las merecidas vacaciones de enero.

Que “cambian votos por drogas” y que “hay zombies más allá de las cuatro avenidas” fue una afirmación que se escuchó y repitió muchas veces durante la campaña en las elecciones legislativas. Incluso hubo actuaciones judiciales al respecto, actitud valorable para avanzar sobre los responsables de que esta situación ocurra en Catamarca.

La pregunta no es si el problema del narcotráfico existe, sino si existe voluntad política real para enfrentarlo cuando las cámaras no están encendidas y las tribunas están vacías.

Pero pasaron las elecciones y no hubo muchas más menciones del tema.

Ya dijo el juez federal Miguel Contreras que ningún político preguntó por estadísticas de narcotráfico. Los secuestros solamente en la ruta 38 han sido récord durante los últimos meses de 2025 y pareciera que nadie hace el ejercicio de preguntarse si ese incremento en los secuestros no es directamente proporcional a la cantidad de estupefacientes que entran en Catamarca y que se distribuyen sin control alguno.

Quizás sea porque ya no hay punteros intercambiándola en las calles, o porque quienes consumen ahora tengan la deferencia de no hacerlo a plena luz del día. Puede ser un motivo por el que ya no se los vea.

Es lógico que, sin elecciones en el medio, ya no se cambien votos por drogas. Corresponde preguntarse si el trueque no cambió de intereses o quizás el panorama en Catamarca es mucho más alentador y ya no cambian drogas por favores.

Lo cierto es que el silencio actual contrasta brutalmente con los alaridos de apenas unos meses atrás. Esa urgencia denunciada con micrófono en mano parece haberse evaporado con la misma velocidad con que se contaron los votos.

Mientras tanto, las rutas aéreas del narcotráfico siguen operando, los secuestros se multiplican y Catamarca permanece como eslabón de una cadena que no distingue colores políticos ni se detiene cada dos años para meter un voto en la urna.

La pregunta no es si el problema existe, sino si existe voluntad política real para enfrentarlo cuando las cámaras ya no están encendidas y las tribunas están vacías.

Por ahora, el silencio es una respuesta bastante más que elocuente.

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