OPINION
Entre los análisis y conjeturas sobre el respaldo de Donald Trump a Javier Milei, el exviceministro de Economía Fernando Morra recordó una anécdota atribuida al legendario financista JP Morgan. Un empresario al borde de la quiebra acudió a él en busca de ayuda.
“El magnate lo escuchó con atención y, tras unos minutos, lo invitó a seguir conversando mientras caminaban por las calles de Nueva York. Al final del paseo, el empresario –aún ansioso– le preguntó:
– ¿Entonces, me va a ayudar?
– Ya lo ayudé–, respondió Morgan.
El hombre lo miró perplejo.
–Todos nos vieron caminar juntos. Ahora no dudarán en refinanciar sus deudas–, agregó el banquero y siguió su camino”.
Los interesados pueden leer el artículo completo en ElDiario.Ar, bajo el título “La parábola del banquero bueno”. La historia no termina bien, ni para el empresario ni para los países auxiliados por “banqueros buenos”.
Trump salvó a Milei de una catástrofe, pero las alharacas épicas de Milei, “Toto” Caputo y la comparsa libertaria no alcanzan a disimular lo obvio: el programa económico fracasó. De otro modo, no hubiera sido necesaria la magnanimidad de los Estados Unidos.
La ayuda incluyó una suscripción imperial a la hipótesis de que los infortunios libertarios obedecen a conjuras de la izquierda, a punto tal que el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessen, desacreditó como “american peronist” a una senadora democráta que objetó el rescate a Milei.
La alharacas de Milei, «Toto» Caputo y la comparsa de fanáticos no puede disimular lo obvio: el programa económico fracasó.
Nótese la ecuménica potencia alcanzada por el movimiento creado por Juan Domingo Perón. Los Estados Unidos, tan versátiles, encadenan en su historia el peligro amarillo, la acechanza roja y la amenaza peronista. El fanático anticomunista Joe Mc Carthy de los ’50 deviene en el antiperonista Bessen en 2025.
Con o sin complot zurdo, el caso es que Milei requiere que le insuflen de afuera la credibilidad que no consigue generar por sí mismo. Consiguió que todo el mundo lo vea pasearse con JP Morgan y oxígeno para sortear la dramática coyuntura financiera, pero el problema de fondo continúa vigente: un sistema político incapacitado para proyectar previsibilidad y confianza por divisiones y odios facciosos, que el propio Milei se encargó de llevar al paroxismo.
La fragmentación del ecosistema político en una constelación de tribus y cacicazgos es uno de los rasgos más característicos del período 2011-24. El correlato de este proceso con la degradación económica y social habilita más de una conjetura, pero hay un elemento incontrastable: cebados en la grieta kirchnerismo/antikirchnerismo, ninguno de los jefes de Estado que lo protagonizaron pudo reunir en casi cinco lustros el poder mínimo indispensable para revertir o al menos detener la decadencia.
Esto es más evidente si se compara el desempeño de los presidentes de la etapa con el de los anteriores de la restauración democrática. Con la excepción de Fernando de la Rúa, todos ampliaron sus bases de sustentación originales para robustecer las posibilidades de llevar adelante sus programas. Raúl Alfonsín consolidó de este modo el sistema democrático, Carlos Menem derrotó la inflación y estabilizó la economía durante una década y Néstor Kirchner terminó de salir de la crisis de la Convertibilidad afirmado en las bases que le había dejado el interino Eduardo Duhalde, designado por un amplio acuerdo del Congreso y los gobernadores.
Lo que hace falta es construir consistencia política e institucional, más arquitectura y menos demolición.
Milei prolonga un ciclo de perniciosos desencuentros en el que la Argentina está embarbascada desde hace tres lustros. No habrá Trump, Bessen o JP Morgan que alcancen si la fragilidad sistémica del tejido institucional y político no comienza a revertirse.
