OPINIÓN
La semana pasada el Papa Francisco tuvo una nutrida agenda de visitas de dirigentes argentinos de la política oficial, el sindicalismo y los movimientos sociales. Fueron días de fuerte politización en El Vaticano, pero no solamente por el perfil de los visitantes, sino fundamentalmente por las declaraciones del pontífice, que lo convirtieron casi en el principal referente de la oposición política en la Argentina.
Recibió a la ministra Sandra Pettovello, a dirigentes de la CGT y a su amigo personal Juan Grabois, que llegó acompañado de otros dirigentes de los movimientos sociales, con quienes participó de un acto.
Si bien no es de extrañar que un miembro de la Iglesia Católica se pronuncie sobre la realidad social –al contrario, es su responsabilidad hacerlo-, lo que sí llamó la atención es que se metió de lleno en temas fuertes de la actualidad política argentina. No habló como el Papa Francisco, sino como Jorge Bergoglio, que nunca ocultó su simpatía por el peronismo.
“Me hicieron ver un filmado de una represión de hace una semana, menos quizás. Obreros, gente que pedía por sus derechos en la calle y la Policía la rechazaba con una cosa que es lo más caro que hay, ese gas pimienta de primera calidad. No tenían derecho a reclamar lo suyo porque eran revoltosos, comunistas… y el Gobierno se puso firme: en vez de pagar justicia social, pagó el gas pimienta. Les convenía. Ténganlo en cuenta”, dijo Bergoglio.
También mencionó, sin dar detalles, de un presunto hecho de corrupción que involucraría a funcionarios del Gobierno nacional en el pedido de coimas. Me contaba un emprendedor internacional, que estaba haciendo en Argentina unas inversiones de extensión de eso que ellos estaban llevando adelante, que trabajan muy bien y fue un acuerdo. Fue a presentar al ministro un nuevo plan de nuevas extensiones, el ministro lo atendió muy bien y dijo ‘déjemelo, ya lo van a llamar…’”, continuó. “Al día siguiente, el secretario del ministro lo llamó, le dijo si puede pasar ‘en dos días, así le entregamos el permiso’. Pasó, le entregó los papeles y la firma… y cuando él (el emprendedor) se estaba por levantar, le dijo: ¿y para nosotros, cuánto?… ¿Y para nosotros, cuánto? La coima. El diablo entra por el bolsillo, no se olviden”, señaló.
También condenó a Julio Argentino Roca y vinculó la explotación del litio con el colonialismo.
El involucramiento directo en la política argentina fue selectivo. No se conocieron críticas de Bergoglio a la cuestionada conducción de la CGT ni se pronunció respecto de las denuncias contra dirigentes piqueteros acusados de corrupción en la administración de los fondos destinados a la ayuda social.
Milei probablemente se confundió al analizar la simpatía con el que Francisco lo recibió en febrero. Tal vez supuso un aval a sus políticas. Fue una ingenuidad. Desde aquella entrevista afectuosa hasta las declaraciones de los últimos días de Bergoglio como jefe de la oposición argentina, que no logra hacer pie por sus propios medios, hay una enorme distancia.
Las declaraciones lanzadas desde El Vaticano encontraron mal parado al gobierno, que tal vez no las esperaba, o al menos en ese estilo descarnado y sin indirectas. Las respuestas fueron extremadamente cautelosas por parte del vocero y otros dirigentes que habitualmente son violentamente frontales.
Más que prédicas pastorales, propias de un pontífice, Francisco consolidó una agenda política para la oposición más combativa al gobierno libertario. Pero también implicó una bajada de línea para los obispos y la Iglesia argentina en general. En esos días inusualmente activos, el Papa se convirtió en Bergoglio.
